Cenizas
– (El Valle Inquietante).
La arena, con sus minuciosas e innumerables
motas cristalizadas, resplandecía por debajo del firmamento en un reflejo
fulgente y cegador, extendiéndose miles de kilómetros a través de un desierto
gigantesco, sin ningún tipo de estimación que pudiera ser concebida.
Recién me despertaba de una pesadilla, –
pesadilla que, de alguna u otra manera, se relacionaba con mi pasado…, el
pasado de la humanidad- cuando recordé
de súbito el lugar en donde ahora vivía. Y es difícil olvidarlo, cuando, a raíz
de muchas cosas, es todo lo que podías observar. Me volví rápidamente al
despertar, cubierto de sudor, tomando mi cuchillo de cemento en un reflejo
instintivo, pero solo pude ver la gruesa sombra perenne del girasol que me
cubría, y el destello de la arena a lo lejos. Mi pecho estaba agitado, la arena
se ceñía a la piel parda y húmeda…, a los pocos segundos, parte del sueño se
evaporo y pude controlarme.
La
pesadilla en sí, no la pude recordar con una exactitud que valiera la pena,
salvo, tal vez, la sensación de vértigo que me produjo en mis últimos momentos
de ensueño, – como una caída larga, prospera en su propio sentimiento, con un
rumor cruento y alejado, roto- confluido por la última imagen del mismo. La
imagen en mi mente era la de una mujer, que de alguna manera pude reconocer
como mi madre, (tal vez, por la señal inconfundible de la cicatriz en su
mejilla), pero había algo en su rostro que me asustaba, algo que hacía que me
adentrara en lo que algunos solían llamar el Valle inquietante. Ella me
observaba, con su cuerpo cubierto por una sombra azabache, y en sus ojos había
una ausencia de reflejo, insondable y gigantesca, que no la dejaba parpadear;
surcaban por sus mejillas unas cuantas lágrimas, que se escurrían en extrañas
proporciones. Y, cuando puso una de sus
manos en mi cuello, suscitando una fuerza sobrehumana, desperté, con el corazón
haciendo un vuelco en mi pecho.
Todo
sigue siendo así, desde hace mucho…
A partir de ese momento, decidí que era
mejor volver a emprender mi camino, aunque no hubiera ningún lugar al cual
pudiera llegar, pero, quizá, con la leve esperanza de saber que esta vez pueda
ser diferente. Salí de la pronunciada sombra del enorme girasol, y comencé otra
vez…
Mis pies se sobrecalentaban a través del
tacto de la arena, empedrada algunas veces en partes minúsculas, invisibles a
la vista, pero mayormente cálida y suave en el páramo que la calcina…, indudablemente,
mi cuerpo se ve adaptado para un lugar así.
Mientras camino, detallando las extrañas
proporciones de los gigantescos girasoles, mi mente, inconsciente y
mecanizada, revolotea en un mar de
preguntas secas y cansinas: El que sucedió con la tierra. O siquiera mente, si
esta puede llegar a ser la tierra, si esto, en su mar de llanos infinitos e
inalcanzables, puede llegar a ser algo que se concibió antes, en alguna
escritura perdida, o cualquier cosa que se le pudiera asemejar. Y, aunque no
tengo en claro que soy –o quien pude haber sido- tengo recuerdos vaporosos de
una vida anterior a esta, de una vida mundana de lo que se supone era la
humanidad. Después de todo, estoy consciente de que tenía una madre. Una madre
con una cicatriz en su mejilla.
Pero, ¿qué le había hecho
esa cicatriz?
El sol, a pesar de aumentar la temperatura
a niveles infernales, no quema ni perturba mi piel, pero si la ha vuelto más
oscura que lo que realmente era. En sí, soy una de las pocas cosas que suele
contrarrestar con el color blanco de la arena…
Y las Avispas.
Normalmente, desde que me encuentro en este
lugar, puedo verlas prosperar dentro de
este enorme montículo infértil, posándose
encima de los gigantescos girasoles, recorriendo estas tierras. A menudo vuelan
muy cerca del suelo, a medio kilómetro de distancia, casi siempre en grupos.
Incluso, desde tal lejanía, puedo escuchar atentamente el colectivo zumbar de
sus enormes alas, escamosas y llenas de membranas, viajando rápidamente entre
los llanos que rellenan esta solitaria y unilateral tierra blancuzca.
Curiosamente, nunca me han atacado, pero
eso no quita que de hecho les tengo miedo. Tienen un comportamiento extraño, lo
que me recuerda a menudo el Valle Inquietante. No todas, pero algunas, suelen
estar llenas de pequeños agujeros, agujeros negros y extrañamente profundos,
que recubren su febril esqueleto amarillo. Consecuentemente, tengo que cazar
una que otra para poder saciar mi hambre, aprovechando el momento clave cuando
ellas obtienen el polen de los enormes girasoles, matándolas nada más con este
pedazo de cemento rudimentario y afilado…
Sigo caminando, intentando apartar esos
pensamientos, mientras las reverberaciones de los zumbidos van menguado
gradualmente, mientras Ellas desaparecen por el norte, a lo largo de los llanos
insípidos. Allí es, cuando a lo lejos frente a mí, por encima de una pendiente
pronunciada, repletas de rocas salientes y escarpadas, veo un enorme kaptus, de
unos dos metros de largo. Algunos pueden tener mezcalina, pero muy por la
mayoría, casi todos están llenos de agua. Pues corro, sediento, hacia la
aproximación del anormal kaptus.
Lo corto cuidadosamente, teniendo
precaución con las afiladas espinillas que lo rodea. Tajo uno de sus brazos y
succiono el líquido con esmero, mientras la sequedad de mi boca absorbe todo
rastro de humedad presente, saciando,
por lo menos, la sed de mi garganta. Rajo nuevamente otra parte del kaptus, y
vuelvo a hacer lo mismo… pero esta vez, inconscientemente, una de las espinillas termina en la punta de
mi dedo índice, casi por la mitad. No me doy cuenta hasta que ya he cortado la
otra parte del kaptus, volviendo a sorber el líquido. No duele tanto como uno
esperaría, pero no deja de producirme grima la asquerosa sensación de tener eso
en mi dedo. Tire el trozo de kaptus y la
intente sacar con prolijo cuidado, en un rictus pronunciado en el semblante, a
medida que las gotas de sangre se hacían
presente en la piel oscura de mi dedo, cerca de la larga uña; viéndola con
detenimiento, la espinilla medía alrededor de unos siete centímetros, y era
afilada. La sangre de mi dedo comenzó a
caer en regulares gotas, ininterrumpidamente en la arena cristalizada. Esto
hizo que pensara, con más escrutinio, que el dolor se había vuelto algo prescindible
para mi estado actual… algo que me dio un
poco de miedo.
Continúe
mi viaje, bajando por el lado contario de la larga pendiente, que era llenada
por unas cuantas rocas en forma de carámbano.
Y, a medida que avanzaba, la arena terminaba interpuesta por lo que quedaba de un suelo agrietado y
tosco,… o lo que parecía ser antes un estacionamiento, Mire a mi alrededor, y
observe como el pavimento era colmado por una serie de grietas, que eran
dirigidas en hileras y en paralelo, remarcando en sí toda la corteza del suelo
en un mar de resquicios en diferentes tamaños y formas, hasta tal punto de crear
un gran y deforme hoyo en el alquitrán sedimentado, muy cerca de donde yo estaba. Lo mire detenidamente,
cavilando sobre cuanta profundidad podría tener tal hueco sobre la tierra, pero
era imposible saberlo: la oscuridad colmaba sus entrañas a partir de los cien
metros. Lo que si pude escudriñar, no muy lejos, fueron una serie de panales
incrustados en los flancos del enorme agujero. Emanaban un olor rancio y
dulzón, que aunque no era del todo desagradable, –muy parecido al olor de las
hormigas-, el hedor se fluctuó por mi nariz, produciendo un horrible escozor.
Los efluvios del olor llegaron a los nervios que confluían con los ojos y la
cabeza, por lo que termino en darme una pesada y deforme migraña.
.
En uno de los panales, el que estaba más cerca de la superficie, pude ver a Las
Avispas pululando por sobre la rudimentaria extensión de su hogar, saliendo y
entrando a través de los hoyos de la misma, produciendo un leve zumbido de alas
unánimemente. Sin embargo, por detrás de ese característico zumbido, había otro
más sibilante,… de ese que suelen hacer las cucarachas.
Me hubiera ido en ese instante, pero algo hizo
que me paralizara…
Una
de Ellas voltea hacia la superficie del gran agujero, mirando hacia mi
dirección, –mirándome a mí-, observando
con sus ojos granates y desorbitados, que parecían carecer de vida, pero no de
una gélida inteligencia. Sus pinzas se movían en rápidos desplazamientos para
moler lo que sea que estuviese masticando en sus fauces, por debajo de su
cabeza. Se había separado del grupo de insectos y, sobrevolando por encima del
panal, con un zumbido rasposo, estaba decidiendo si subir o no a inspeccionar
que era lo que estaba al borde del agujero. Me quede inmovilizado, casi
suspendido al borde del enorme precipicio, con mi corazón retumbando en el
pecho y cerca de mi garganta; mientras ella, finalmente se decidía a acercarse
a la superficie y…
La
avispa, estando casi a unos veinte metros por debajo de la superficie,
prorrumpió el silencio del desierto con
el mismo sonido sibilante, pero mucho más intenso, por encima del sonido de las
alas membranosas, mientras se frotaba las enormes patas delanteras. Era un
sonido desagradable que punzaba en los tímpanos, haciéndolos latir. Pude ver
sus agujeros, supurantes de una asquerosa oscuridad… de la que profanaban los parásitos, infecciosos.
Posteriormente,
volteo vertiginosamente hacia el panal para continuar su ardua tarea de
construcción.
En
ese momento, cuando le vi marcharse, con su aguijón oscilando por debajo, mi
corazón volvió a normalizarse, aminorando a su vez el escozor que penetraba en
mi nariz. Se fue volando rápidamente, observando solamente el atisbo borrón de esos extraños agujeros por última vez, con
sus denigrantes huéspedes.
Me
sentí profundamente asqueado y decaído sobre mi propio cuerpo, atezado, como si
algo estuviera dentro de mí, hurgando en lo más hondo de mis entrañas…, esos
huéspedes seguramente también están en mi estómago, buscando por ostentar el
control. Era algo casi ostensible, nítidamente vivo, que no podía dejarse de
lado, pero que aun así, resultaba igual de prescindible y banal como lo era la
ausencia del dolor en mis dedos, resecos y arrugados.
De
por sí, ya sentía en mí una cantidad considerable de esa oscuridad infinita,
rebobinando…, la pesadilla.
Sin
embargo, no importaba, nada de eso importaba; seguí caminando con los pies
ceñidos de venas, por sobre el pavimento roto y senil, sedimentado desde hacía
ya mucho tiempo, colmado brevemente por las innumerables motas de arena
cristalizada y enardecida. Voltee solo una vez, para ver únicamente la extraña
circunferencia que se formaba en el suelo, bordeada de grietas.
***
El
pavimento,(o lo que antes había considerado un estacionamiento) nunca finalizo,
siguió presente hasta que las motas de arena desaparecieron, dejando al
descubierto el alquitrán seco y eterno. Mis pies se sobrecalentaban por el
tacto del camino de acera, formando callos más grandes de lo habitual en las
plantas de los pies. Por consiguiente, mis empeines comenzaron a doler; era un
dolor grave y profundo, de los que parecen hacer tronar los huesos. Me tendí en
el suelo fervoroso, esperando a que la sensación de los nervios mermara lo
suficiente. El sol, que calcinaba mi cabeza, resplandecía con una luz blanca y
mortecina, que me hacía incapaz de alzar la vista hacia el cielo azul,
despojado de cualquier rastro de nubes. El horario vespertino nunca hacia
presencia; la noche en sí misma, con su oscuridad inherente, había
desaparecido: Solo estaba un sol enloquecedor, con sus colores nívea habitando
todo el páramo desértico y lunático, alimentado la longevidad de los parásitos.
Aun
así, hice mi mayor esfuerzo para observar con detenimiento el firmamento del
norte, hacia las montañas escarpadas y erguidas que se componían de un hormigón
azabache. Allí, con los ojos picándome
por la luz cegadora del sol, pude ver algo, no muy lejano (tal vez), que me
dejo pasmado ante el fulgor calcinante del desierto. Era un edificio
gigantesco, por lo menos eso es lo que mi mente pudo intuir, pero no era un
edificio normal; se levantaba por encima de toda la tierra muerta y llana, en un
color plateado y rudimentario entre todo lo blanco y amarillo. Parecía tocar la
aureola del sol destellante con la punta de su estructura fina, como un dedo.
Acelere
el paso, pues, al enorme edificio, guiado más por la palpitante curiosidad que
cualquier otra emoción vigente en mis ideas, con los pies huesudos, atezados
por las venas latentes y vertiginosas de sangre vivida. Parecía constante, casi
imposible de alcanzar a pesar de sus gigantescas y extrañas proporciones –como
si hubiese sido hecho por algo más que los simples hombres-, pero poco me
importaba; seguí avanzado, a través del pavimento pétreo, con un leve
sentimiento de esperanza sólido, pleno, de por fin ver algo nuevo. Camine..., y
camine…, su tamaño aumento gradualmente.
Cuando
estuve de frente ante tal estructura, mis emociones de esperanza se vieron
interpuesta por una sensación de incertidumbre, pues, cuando pude determinar
verdaderamente que era lo que estaba viendo, más que un edificio, parecía el
conjunto de una enorme pared, torcida y enterrada oblicuamente, con un extremo,
–ese mismo dedo apuntando al sol- representado su figura extraña y perpetua
entre toda esta tierra muerta. Lo que antes era azul, –suponiendo que ese era
su color principal- estaba descascarado y desvalido por la virulenta luz
blanquecina (y, tal vez incluso, corrosiva), que reemplazo su primer color por
un extraño gris brillante por donde diera el sol, y extrañamente opaco en donde
se fijaba la anormal columna oscura que conformaba su penumbra, vuelta
verticalmente. Me quede allí, bajo el soporte de mis rodillas, petrificado,
observando los ideogramas de los adoquines que constituían tan bizarra obra,
tal vez hipnotizado por lo que pudiera significar para este desierto maldito…,
o quizá, porque la oscuridad insondable ya se perpetraba de nuevo en mí,
rebobinando el miedo continuamente…
Mamá…
El
viento, frente a la enorme pared, ondeaba los tirones de mi ropa desgastada con
un ímpetu que no había sentido nunca. Era una fuerza que me causo escalofríos,
y que a su vez, demostraba la altura demencial que tenía la extraña pared. Pero
también había algo más, tanto en esos adoquines ignotos como en la brisa misma,
que repetía constantemente una palabra en mi psique. No era a través de letras
conexas o de la mención de aquella palabra el cómo lo identificaba, sino, por
el contrario, la podía reconocer a través de la intuición misma, de esa que no
puedes escapar tal cual como no puedes desacerté de un pensamiento intrusivo:
de un Diablo Perverso. Esa que te dice el significado de algo sin tener que mencionarlo.
Era, simplemente, un sentido elemental.
El
viento me decía que tenía que subir, llegar a la cima.
Me
erguí por sobre mis rodillas, sobreponiendo más peso una que en la otra,
dispuesto a escalar la gigantesca estructura…, dispuesto a encontrar un atisbo
de esperanza para estos llanos vacuos.
La
escalada en sí misma, a pesar de lo incalculable de la cima, no resulto ser
algo que me cansara mis brazos o mis piernas, por más incómoda que fuera la
subida. Acoplado en un solo sentimiento, la brisa que antes me dio repelús,
mermo lo suficiente para volverse algo más natural y cálido, pero seguía ondeando mis tirones como una enorme
bandera rota. El vértigo no era un problema, pero, lo que realmente si lo
representaba, era la desesperanza de mirar más allá del suelo y la pared que escalaba; evitaba hacerlo, por
lo que solo podía ver todo de soslayo. Eso era lo único que podía permitirme,
porque el ver más allá de esta piedra pálida y el agrietado piso sedimentado, –ahora
tan lejano- podría significar el fin para mí: el sucumbir a la oscuridad…
En
un breve momento, durante la escalada, uno de los adoquines llego a fracturarse
en un gran pedazo, y estuve a punto de caer; mi corazón se me revolvió en el
pecho mientras intentaba asirme de algo invisible. Mi tacto con la pared cedió
por unos segundos. Pero, insólitamente, una de mis manos logro aferrarse justo
a tiempo, unos centímetros más abajo del pedazo de cemento roto. La brisa era
mi amiga, y no me dejaría caer tan fácil.
Pero,
durante ese intervalo, en medio del súbito desprendimiento de la parte rocosa,
mire hacia abajo, hacia la tan lejana tierra inerte, y pude ver, que no muy
lejos del enorme pilar, había una especie de contorno, un pequeño punto negro que
permanecía inamovible, casi invisible ante la perpetua penumbra de la pared:
Una
sombra azabache.
Todavía seguía discerniendo que debía llegar a
la cima; el adoquín con su ideograma era parte del reto, y quizás, la sombra
consistía en el mismo objetivo. Continúe. Ya tan solo faltaba la mitad del
camino.
***
En
medio de las alturas y el viento cálido, aún se podía escuchar el zumbido
tormentoso de las enormes Avispas; creo, incluso, que se podía escuchar todavía
mejor que abajo, en los llanos. Me obligue a observar un pequeño grupo que
estaba a pos de la estructura, casi revoloteando alrededor de ella, como si de
un panal se tratase, con las alas soportando su cuerpo abultado e inerte. Otro
grupo, –muy cerca de mí- yacían postradas en la pared, sin siquiera mover sus
membranosas alas, como si estuvieran desconectadas. No las toque, pues, en ese
momento no era necesario, pero pude entender, a pesar de no estar lo
suficientemente cerca, que esas Avispas estaban secas, exánimes, siendo nada
más que un caparazón hueco y asqueroso, recubiertas de pequeños hoyos. Olían a
podrido… a un supurante, y sus ojos escarlatas (que todavía perpetraban aquella
sensación de inteligencia maliciosa, por más muerta que estuviera) parecían
protuberancias por encima de sus cabezas, abombados. El olor inundo en mi nariz
como una extraña masa abultada, invisible a la vista, pero excesivamente
pululante, densa…
Algo
dentro de los cascarones se había podrido, algo,
surcado dentro del insecto, ya muerto.
Hice
una mueca de repulsión y seguí mi camino, intentado lo más posible en no
voltear y toparme con esa escena frente a mis ojos. Al verla de soslayo,
esforzando en lo más posible de interponer mi intuición por sobre el olor
infeccioso, me di cuenta, con cierto alivio, que el viento hacía un buen
trabajo llevándose los restos de esos extraños cascarones toscos e inflados.
Escuche como se resquebrajaban por la brisa, similar a un grupo de hojas, –hojas…-
secas, partiéndose simultáneamente. Me decidí a desviar la vista por un
segundo, y divise como los trozos flotaban guiados por la brisa, hacia otro
lugar, posiblemente, no muy diferente a este.
Volví
a recordar las hojas… y desde hace mucho que no he llegado a ver una. Sin
embargo, todavía quedaba la sensación del mismo recuerdo, y eso, ese leve
sentimiento, a veces servía de lleno para sentirte tenuemente vivo, dentro de
este desierto maldecido.
Pero
eso no importaba, nada de lo que había sido antes importaba. La humanidad, –la
ausencia de la humanidad- era la representación de una emoción vana; en sí,
ningún alma viva, –ni siquiera yo- podríamos definir exactamente que había sido
de todo el mundo; de lo que había conformado, por un prolongado y casi infinito
tiempo, a la humanidad. Y con ello, lo que se supondría de la vida,… que
solamente llego a concebir como un lugar
muy distinto a este. Tampoco, por más que me esfuerce, podría explicar que es
este maldito desierto. Pero de lo que sí puedo estar consciente es que es un lugar
engañoso, es más que una tierra recubierta por extrañas cenizas blancas: es
peor que eso, es algo que no termino de comprender, que no concluyo por
discernir…, que no llego a entender ni en lo más mínimo.
Me
hace entrar, constantemente, en el Valle Inquietante…, con mi madre.
Antes
de que me diera cuenta, con un repentino
dolor que profirió de mis hombros, (un dolor tenso y desagradable), estaba a
pocos metros de llegar a la cima de la cúspide. Acelere el ritmo, por un
frenesí de celeridad espontanea, casi satisfactoria, hasta tocar el ultimo
adoquín descolorido y poner un pie sobre la cima.
Me
arrodille sobre el cemento calcinante. Con una de mis manos me apoye, a su vez,
sobre el tacto del extraño cemento: El dolor profirió considerablemente, de forma
abrupta, como si hubiera esperado ese momento con exactitud para proliferarse
en mis huesos. A pos de eso, la presencia del enorme sol perpetraba una
eminencia mortal y azarosa, bordeada por su aureola cegadora, como una
vislumbre tajante que podría atravesar la piel, con sus múltiples rayos de luz.
Las
gotas de sudor formaban una película en mi frente, surcando en una sola línea
hasta llegar a la punta de mi nariz, cayendo finalmente; mi estómago bajaba y
subía a un ritmo pronunciado, en un esfuerzo por conseguir aire en mis
pulmones. Intente ponerme de pie, acoplando mis pocas energías en ambas
piernas, con la ayuda de las hondas invisibles de la brisa.
Ya
erguido, concrete mi atención en la pronunciada depresión que había sufrido la
enorme estructura, hundida de una forma antinatural, como si una fuerza
desconocida la hubiera empujado hacia abajo, enterrándola por uno de sus
extremos. Di unos pasos hacia el otro borde de la pared, teniendo cuidado en
poder resbalar entre la estructura deforme, y, a pocos centímetros de una
horripilante caída, pude ver como el otro extremo estaba ceñido por un enorme
cráter. Partía casi por la mitad al enorme pilar, y con eso, se confluía
armoniosamente con las entrañas de la tierra, en un método enfermizo, que producía
un vértigo mortal. Allí, los asquerosos zumbidos hacían múltiples ecos entre
los cimientos de la maltrecha estructura. No podía ver muy adentro del cráter,
pero si llegue a concebir que dentro del mismo, algo se estaba formando, algo
que despreciaba y no entendía al mismo tiempo, algo que me haría volverme loco
si lo llegase a detallar con todo su esplendor.
Retrocedí
nervioso, con la esperanza de nunca saber que era lo que estaba allá abajo. De
nunca verlo.
Querían
que subiera hasta el final del pilar…, quieren
matarme.
Aunque
no lo pude evitar, ya nada más importaba, y lo hice: observe más allá del pilar
y los adoquines, contemple los llano vacuos en su máximo esplendor, y lo que me
no me dejo de perseguir en mi psique, es que, más allá de donde había
despertado y seguido mi camino, lo que había visto, los múltiples girasoles lejanos y el enorme
agujero, no había nada, solo había un vacío existencial entre toda la corteza
del desierto, eso era lo que opacaba la existencia…
Grite,
pero mi propio grito se escuchaba muy lejos de mí, muy alejado de lo que se
supone era real…
La pesadilla, esta es la
pesadilla.
Retrocedí
constantemente, para no tener que observar esa oscuridad… ese vacío tormentoso
y lunático, enfermizo, fuera de toda explicación: El Valle Inquietante.
Antes
de que me diera cuenta, el tacto del pilar cedió por debajo de mí, había
llegado al otro borde del pilar. Y caí.
Junto
con la sensación de vértigo, –una sensación agradable, ciertamente acogedora,
que pareció hacerse eterna-, y el viento
tironeando de mis ropas con manos invisibles, se interpuso un rumor fracturado,
que se apodero de todo mi cuerpo. Sin embargo, no había dolor, solo una
sensación de vértigo, vértigo e incomprensión absoluta, confluida con sangre
oscurecida.
Una
sombra azabache, -la sombra que ya había visto antes- se posó erguida frente a
mí, proyectando una mancha oscura y
perpetua que se confundía con la penumbra del enorme pilar. La sombra se
arrodillo frente a mi rostro. Era una mujer, una mujer con un reflejo oscuro en
sus ojos (vacíos de luz) y sin vida, desorbitados; un cuello anormalmente largo
sostenía la cabeza cubierta por una enorme maraña de pelos. De su boca, sin
dientes, salían un pequeño grupo de avispas y parásitos. Quiero gritar, pero ya
no podía.
Mi madre era alérgica a las
Avispas…
Posteriormente,
una de sus manos se posa en mi cuello, lo
sujeta con fuerza… y despierto.
***
La
arena se ceñía a mi piel cubierta de sudor, conmigo en un estado de celeridad
inusual. Estaba despierto, asustado, bajo la sombra perenne de un enorme
girasol.
Recién
me despertaba de una pesadilla, que inconfundiblemente se relacionaba con mi
pasado, –el pasado de lo que pudo haber sido la humanidad-, pero que no
reconocía a medida que el tiempo se prolongaba, al momento en que se me hacía
irreconocible.
Tan
solo tenía el sentimiento vertiginoso y
momentáneo de la pesadilla, y que había una mujer,… una mujer que no reconocía,
pero que me resultaba nítidamente familiar, y que estaba vinculada con eso que
solían llamar el Valle Inquietante.
Todo era así, desde hace
mucho,… desde siempre.
Sabía,
indudablemente, que era hora de continuar, de seguir adelante, con la leve
esperanza de encontrar algo diferente dentro de este desierto, vació y sin
vida; un páramo enfermizo,… sin humanidad.
Me
erguí sobre mis pies descalzos, y volví a retomar el viaje, un viaje que empecé
desde que desperté en las entrañas de la tierra, una travesía que inicie cubierto
de cenizas.
Las
cenizas de la humanidad.
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