Cenizas

 

Cenizas – (El Valle Inquietante).

 

    La arena, con sus minuciosas e innumerables motas cristalizadas, resplandecía por debajo del firmamento en un reflejo fulgente y cegador, extendiéndose miles de kilómetros a través de un desierto gigantesco, sin ningún tipo de estimación que pudiera ser concebida.

    Recién me despertaba de una pesadilla, – pesadilla que, de alguna u otra manera, se relacionaba con mi pasado…, el pasado de la humanidad- cuando  recordé de súbito el lugar en donde ahora vivía. Y es difícil olvidarlo, cuando, a raíz de muchas cosas, es todo lo que podías observar. Me volví rápidamente al despertar, cubierto de sudor, tomando mi cuchillo de cemento en un reflejo instintivo, pero solo pude ver la gruesa sombra perenne del girasol que me cubría, y el destello de la arena a lo lejos. Mi pecho estaba agitado, la arena se ceñía a la piel parda y húmeda…, a los pocos segundos, parte del sueño se evaporo y pude controlarme.

     La pesadilla en sí, no la pude recordar con una exactitud que valiera la pena, salvo, tal vez, la sensación de vértigo que me produjo en mis últimos momentos de ensueño, – como una caída larga, prospera en su propio sentimiento, con un rumor cruento y alejado, roto- confluido por la última imagen del mismo. La imagen en mi mente era la de una mujer, que de alguna manera pude reconocer como mi madre, (tal vez, por la señal inconfundible de la cicatriz en su mejilla), pero había algo en su rostro que me asustaba, algo que hacía que me adentrara en lo que algunos solían llamar el Valle inquietante. Ella me observaba, con su cuerpo cubierto por una sombra azabache, y en sus ojos había una ausencia de reflejo, insondable y gigantesca, que no la dejaba parpadear; surcaban por sus mejillas unas cuantas lágrimas, que se escurrían en extrañas proporciones.  Y, cuando puso una de sus manos en mi cuello, suscitando una fuerza sobrehumana, desperté, con el corazón haciendo un vuelco en mi pecho.

    Todo sigue siendo así, desde hace mucho…

    A partir de ese momento, decidí que era mejor volver a emprender mi camino, aunque no hubiera ningún lugar al cual pudiera llegar, pero, quizá, con la leve esperanza de saber que esta vez pueda ser diferente. Salí de la pronunciada sombra del enorme girasol, y comencé otra vez…

    Mis pies se sobrecalentaban a través del tacto de la arena, empedrada algunas veces en partes minúsculas, invisibles a la vista, pero mayormente cálida y suave en el páramo que la calcina…, indudablemente, mi cuerpo se ve adaptado para un lugar así.

    Mientras camino, detallando las extrañas proporciones de los gigantescos girasoles, mi mente, inconsciente y mecanizada,  revolotea en un mar de preguntas secas y cansinas: El que sucedió con la tierra. O siquiera mente, si esta puede llegar a ser la tierra, si esto, en su mar de llanos infinitos e inalcanzables, puede llegar a ser algo que se concibió antes, en alguna escritura perdida, o cualquier cosa que se le pudiera asemejar. Y, aunque no tengo en claro que soy –o quien pude haber sido- tengo recuerdos vaporosos de una vida anterior a esta, de una vida mundana de lo que se supone era la humanidad. Después de todo, estoy consciente de que tenía una madre. Una madre con una cicatriz en su mejilla.

Pero, ¿qué le había hecho esa cicatriz?

    El sol, a pesar de aumentar la temperatura a niveles infernales, no quema ni perturba mi piel, pero si la ha vuelto más oscura que lo que realmente era. En sí, soy una de las pocas cosas que suele contrarrestar con el color blanco de la arena…

 Y las Avispas.

 Normalmente, desde que me encuentro en este lugar,  puedo verlas prosperar dentro de este enorme montículo infértil,  posándose encima de los gigantescos girasoles, recorriendo estas tierras. A menudo vuelan muy cerca del suelo, a medio kilómetro de distancia, casi siempre en grupos. Incluso, desde tal lejanía, puedo escuchar atentamente el colectivo zumbar de sus enormes alas, escamosas y llenas de membranas, viajando rápidamente entre los llanos que rellenan esta solitaria y unilateral tierra blancuzca. Curiosamente, nunca  me han atacado, pero eso no quita que de hecho les tengo miedo. Tienen un comportamiento extraño, lo que me recuerda a menudo el Valle Inquietante. No todas, pero algunas, suelen estar llenas de pequeños agujeros, agujeros negros y extrañamente profundos, que recubren su febril esqueleto amarillo. Consecuentemente, tengo que cazar una que otra para poder saciar mi hambre, aprovechando el momento clave cuando ellas obtienen el polen de los enormes girasoles, matándolas nada más con este pedazo de cemento rudimentario y afilado…

    Sigo caminando, intentando apartar esos pensamientos, mientras las reverberaciones de los zumbidos van menguado gradualmente, mientras Ellas desaparecen por el norte, a lo largo de los llanos insípidos. Allí es, cuando a lo lejos frente a mí, por encima de una pendiente pronunciada, repletas de rocas salientes y escarpadas, veo un enorme kaptus, de unos dos metros de largo. Algunos pueden tener mezcalina, pero muy por la mayoría, casi todos están llenos de agua. Pues corro, sediento, hacia la aproximación del anormal kaptus.

    Lo corto cuidadosamente, teniendo precaución con las afiladas espinillas que lo rodea. Tajo uno de sus brazos y succiono el líquido con esmero, mientras la sequedad de mi boca absorbe todo rastro de humedad presente,  saciando, por lo menos, la sed de mi garganta. Rajo nuevamente otra parte del kaptus, y vuelvo a hacer lo mismo… pero esta vez, inconscientemente,  una de las espinillas termina en la punta de mi dedo índice, casi por la mitad. No me doy cuenta hasta que ya he cortado la otra parte del kaptus, volviendo a sorber el líquido. No duele tanto como uno esperaría, pero no deja de producirme grima la asquerosa sensación de tener eso en mi dedo. Tire el trozo de kaptus y  la intente sacar con prolijo cuidado, en un rictus pronunciado en el semblante, a medida que las gotas  de sangre se hacían presente en la piel oscura de mi dedo, cerca de la larga uña; viéndola con detenimiento, la espinilla medía alrededor de unos siete centímetros, y era afilada.  La sangre de mi dedo comenzó a caer en regulares gotas, ininterrumpidamente en la arena cristalizada. Esto hizo que pensara, con más escrutinio, que el dolor se había vuelto algo prescindible para mi estado actual… algo que me dio un  poco de miedo.

Continúe mi viaje, bajando por el lado contario de la larga pendiente, que era llenada por unas cuantas rocas en forma de carámbano.  Y, a medida que avanzaba, la arena terminaba interpuesta  por lo que quedaba de un suelo agrietado y tosco,… o lo que parecía ser antes un estacionamiento, Mire a mi alrededor, y observe como el pavimento era colmado por una serie de grietas, que eran dirigidas en hileras y en paralelo, remarcando en sí toda la corteza del suelo en un mar de resquicios en diferentes tamaños y formas, hasta tal punto de crear un gran y deforme hoyo en el alquitrán sedimentado,  muy cerca de  donde yo estaba. Lo mire detenidamente, cavilando sobre cuanta profundidad podría tener tal hueco sobre la tierra, pero era imposible saberlo: la oscuridad colmaba sus entrañas a partir de los cien metros. Lo que si pude escudriñar, no muy lejos, fueron una serie de panales incrustados en los flancos del enorme agujero. Emanaban un olor rancio y dulzón, que aunque no era del todo desagradable, –muy parecido al olor de las hormigas-, el hedor se fluctuó por mi nariz, produciendo un horrible escozor. Los efluvios del olor llegaron a los nervios que confluían con los ojos y la cabeza, por lo que termino en darme una pesada y deforme migraña.

. En uno de los panales, el que estaba más cerca de la superficie, pude ver a Las Avispas pululando por sobre la rudimentaria extensión de su hogar, saliendo y entrando a través de los hoyos de la misma, produciendo un leve zumbido de alas unánimemente. Sin embargo, por detrás de ese característico zumbido, había otro más sibilante,… de ese que suelen hacer las cucarachas.

 Me hubiera ido en ese instante, pero algo hizo que me paralizara…

Una de Ellas voltea hacia la superficie del gran agujero, mirando hacia mi dirección, –mirándome a mí-, observando con sus ojos granates y desorbitados, que parecían carecer de vida, pero no de una gélida inteligencia. Sus pinzas se movían en rápidos desplazamientos para moler lo que sea que estuviese masticando en sus fauces, por debajo de su cabeza. Se había separado del grupo de insectos y, sobrevolando por encima del panal, con un zumbido rasposo, estaba decidiendo si subir o no a inspeccionar que era lo que estaba al borde del agujero. Me quede inmovilizado, casi suspendido al borde del enorme precipicio, con mi corazón retumbando en el pecho y cerca de mi garganta; mientras ella, finalmente se decidía a acercarse a la superficie y…

  La avispa, estando casi a unos veinte metros por debajo de la superficie, prorrumpió el silencio del  desierto con el mismo sonido sibilante, pero mucho más intenso, por encima del sonido de las alas membranosas, mientras se frotaba las enormes patas delanteras. Era un sonido desagradable que punzaba en los tímpanos, haciéndolos latir. Pude ver sus agujeros, supurantes de una asquerosa oscuridad… de la que profanaban los parásitos, infecciosos.

Posteriormente, volteo vertiginosamente hacia el panal para continuar su ardua tarea de construcción.

En ese momento, cuando le vi marcharse, con su aguijón oscilando por debajo, mi corazón volvió a normalizarse, aminorando a su vez el escozor que penetraba en mi nariz. Se fue volando rápidamente, observando solamente el atisbo borrón  de esos extraños agujeros por última vez, con sus denigrantes huéspedes.

Me sentí profundamente asqueado y decaído sobre mi propio cuerpo, atezado, como si algo estuviera dentro de mí, hurgando en lo más hondo de mis entrañas…, esos huéspedes seguramente también están en mi estómago, buscando por ostentar el control. Era algo casi ostensible, nítidamente vivo, que no podía dejarse de lado, pero que aun así, resultaba igual de prescindible y banal como lo era la ausencia del dolor en mis dedos, resecos y arrugados.

De por sí, ya sentía en mí una cantidad considerable de esa oscuridad infinita, rebobinando…, la pesadilla.

Sin embargo, no importaba, nada de eso importaba; seguí caminando con los pies ceñidos de venas, por sobre el pavimento roto y senil, sedimentado desde hacía ya mucho tiempo, colmado brevemente por las innumerables motas de arena cristalizada y enardecida. Voltee solo una vez, para ver únicamente la extraña circunferencia que se formaba en el suelo, bordeada de grietas.

                                                                            ***

El pavimento,(o lo que antes había considerado un estacionamiento) nunca finalizo, siguió presente hasta que las motas de arena desaparecieron, dejando al descubierto el alquitrán seco y eterno. Mis pies se sobrecalentaban por el tacto del camino de acera, formando callos más grandes de lo habitual en las plantas de los pies. Por consiguiente, mis empeines comenzaron a doler; era un dolor grave y profundo, de los que parecen hacer tronar los huesos. Me tendí en el suelo fervoroso, esperando a que la sensación de los nervios mermara lo suficiente. El sol, que calcinaba mi cabeza, resplandecía con una luz blanca y mortecina, que me hacía incapaz de alzar la vista hacia el cielo azul, despojado de cualquier rastro de nubes. El horario vespertino nunca hacia presencia; la noche en sí misma, con su oscuridad inherente, había desaparecido: Solo estaba un sol enloquecedor, con sus colores nívea habitando todo el páramo desértico y lunático, alimentado la longevidad de los parásitos.

Aun así, hice mi mayor esfuerzo para observar con detenimiento el firmamento del norte, hacia las montañas escarpadas y erguidas que se componían de un hormigón azabache. Allí,  con los ojos picándome por la luz cegadora del sol, pude ver algo, no muy lejano (tal vez), que me dejo pasmado ante el fulgor calcinante del desierto. Era un edificio gigantesco, por lo menos eso es lo que mi mente pudo intuir, pero no era un edificio normal; se levantaba por encima de toda la tierra muerta y llana, en un color plateado y rudimentario entre todo lo blanco y amarillo. Parecía tocar la aureola del sol destellante con la punta de su estructura fina, como un dedo.

Acelere el paso, pues, al enorme edificio, guiado más por la palpitante curiosidad que cualquier otra emoción vigente en mis ideas, con los pies huesudos, atezados por las venas latentes y vertiginosas de sangre vivida. Parecía constante, casi imposible de alcanzar a pesar de sus gigantescas y extrañas proporciones –como si hubiese sido hecho por algo más que los simples hombres-, pero poco me importaba; seguí avanzado, a través del pavimento pétreo, con un leve sentimiento de esperanza sólido, pleno, de por fin ver algo nuevo. Camine..., y camine…,  su tamaño aumento gradualmente.

Cuando estuve de frente ante tal estructura, mis emociones de esperanza se vieron interpuesta por una sensación de incertidumbre, pues, cuando pude determinar verdaderamente que era lo que estaba viendo, más que un edificio, parecía el conjunto de una enorme pared, torcida y enterrada oblicuamente, con un extremo, –ese mismo dedo apuntando al sol- representado su figura extraña y perpetua entre toda esta tierra muerta. Lo que antes era azul, –suponiendo que ese era su color principal- estaba descascarado y desvalido por la virulenta luz blanquecina (y, tal vez incluso, corrosiva), que reemplazo su primer color por un extraño gris brillante por donde diera el sol, y extrañamente opaco en donde se fijaba la anormal columna oscura que conformaba su penumbra, vuelta verticalmente. Me quede allí, bajo el soporte de mis rodillas, petrificado, observando los ideogramas de los adoquines que constituían tan bizarra obra, tal vez hipnotizado por lo que pudiera significar para este desierto maldito…, o quizá, porque la oscuridad insondable ya se perpetraba de nuevo en mí, rebobinando el miedo continuamente…

Mamá…

El viento, frente a la enorme pared, ondeaba los tirones de mi ropa desgastada con un ímpetu que no había sentido nunca. Era una fuerza que me causo escalofríos, y que a su vez, demostraba la altura demencial que tenía la extraña pared. Pero también había algo más, tanto en esos adoquines ignotos como en la brisa misma, que repetía constantemente una palabra en mi psique. No era a través de letras conexas o de la mención de aquella palabra el cómo lo identificaba, sino, por el contrario, la podía reconocer a través de la intuición misma, de esa que no puedes escapar tal cual como no puedes desacerté de un pensamiento intrusivo: de un Diablo Perverso. Esa que te dice el significado de algo sin tener que mencionarlo. Era, simplemente, un sentido elemental.

El viento me decía que tenía que subir, llegar a la cima.

Me erguí por sobre mis rodillas, sobreponiendo más peso una que en la otra, dispuesto a escalar la gigantesca estructura…, dispuesto a encontrar un atisbo de esperanza para estos llanos vacuos.

La escalada en sí misma, a pesar de lo incalculable de la cima, no resulto ser algo que me cansara mis brazos o mis piernas, por más incómoda que fuera la subida. Acoplado en un solo sentimiento, la brisa que antes me dio repelús, mermo lo suficiente para volverse algo más natural y cálido, pero  seguía ondeando mis tirones como una enorme bandera rota. El vértigo no era un problema, pero, lo que realmente si lo representaba, era la desesperanza de mirar más allá del suelo y  la pared que escalaba; evitaba hacerlo, por lo que solo podía ver todo de soslayo. Eso era lo único que podía permitirme, porque el ver más allá de esta piedra pálida y el agrietado piso sedimentado, –ahora tan lejano- podría significar el fin para mí: el sucumbir a la oscuridad…

En un breve momento, durante la escalada, uno de los adoquines llego a fracturarse en un gran pedazo, y estuve a punto de caer; mi corazón se me revolvió en el pecho mientras intentaba asirme de algo invisible. Mi tacto con la pared cedió por unos segundos. Pero, insólitamente, una de mis manos logro aferrarse justo a tiempo, unos centímetros más abajo del pedazo de cemento roto. La brisa era mi amiga, y no me dejaría caer tan fácil.

Pero, durante ese intervalo, en medio del súbito desprendimiento de la parte rocosa, mire hacia abajo, hacia la tan lejana tierra inerte, y pude ver, que no muy lejos del enorme pilar, había una especie de contorno, un pequeño punto negro que permanecía inamovible, casi invisible ante la perpetua penumbra de la pared:

Una sombra azabache.

 Todavía seguía discerniendo que debía llegar a la cima; el adoquín con su ideograma era parte del reto, y quizás, la sombra consistía en el mismo objetivo. Continúe. Ya tan solo faltaba la mitad del camino.

***

 

En medio de las alturas y el viento cálido, aún se podía escuchar el zumbido tormentoso de las enormes Avispas; creo, incluso, que se podía escuchar todavía mejor que abajo, en los llanos. Me obligue a observar un pequeño grupo que estaba a pos de la estructura, casi revoloteando alrededor de ella, como si de un panal se tratase, con las alas soportando su cuerpo abultado e inerte. Otro grupo, –muy cerca de mí- yacían postradas en la pared, sin siquiera mover sus membranosas alas, como si estuvieran desconectadas. No las toque, pues, en ese momento no era necesario, pero pude entender, a pesar de no estar lo suficientemente cerca, que esas Avispas estaban secas, exánimes, siendo nada más que un caparazón hueco y asqueroso, recubiertas de pequeños hoyos. Olían a podrido… a un supurante, y sus ojos escarlatas (que todavía perpetraban aquella sensación de inteligencia maliciosa, por más muerta que estuviera) parecían protuberancias por encima de sus cabezas, abombados. El olor inundo en mi nariz como una extraña masa abultada, invisible a la vista, pero excesivamente pululante, densa…

Algo dentro de los cascarones se había podrido, algo, surcado dentro del insecto, ya muerto.

Hice una mueca de repulsión y seguí mi camino, intentado lo más posible en no voltear y toparme con esa escena frente a mis ojos. Al verla de soslayo, esforzando en lo más posible de interponer mi intuición por sobre el olor infeccioso, me di cuenta, con cierto alivio, que el viento hacía un buen trabajo llevándose los restos de esos extraños cascarones toscos e inflados. Escuche como se resquebrajaban por la brisa, similar a un grupo de  hojas, –hojas…- secas, partiéndose simultáneamente. Me decidí a desviar la vista por un segundo, y divise como los trozos flotaban guiados por la brisa, hacia otro lugar, posiblemente, no muy diferente a este.

Volví a recordar las hojas… y desde hace mucho que no he llegado a ver una. Sin embargo, todavía quedaba la sensación del mismo recuerdo, y eso, ese leve sentimiento, a veces servía de lleno para sentirte tenuemente vivo, dentro de este desierto maldecido.

Pero eso no importaba, nada de lo que había sido antes importaba. La humanidad, –la ausencia de la humanidad- era la representación de una emoción vana; en sí, ningún alma viva, –ni siquiera yo- podríamos definir exactamente que había sido de todo el mundo; de lo que había conformado, por un prolongado y casi infinito tiempo, a la humanidad. Y con ello, lo que se supondría de la vida,… que solamente llego a concebir  como un lugar muy distinto a este. Tampoco, por más que me esfuerce, podría explicar que es este maldito desierto. Pero de lo que sí puedo estar consciente es que es un lugar engañoso, es más que una tierra recubierta por extrañas cenizas blancas: es peor que eso, es algo que no termino de comprender, que no concluyo por discernir…, que no llego a entender ni en lo más mínimo.

Me hace entrar, constantemente, en el Valle Inquietante…, con mi madre.

 

Antes de que me diera cuenta,  con un repentino dolor que profirió de mis hombros, (un dolor tenso y desagradable), estaba a pocos metros de llegar a la cima de la cúspide. Acelere el ritmo, por un frenesí de celeridad espontanea, casi satisfactoria, hasta tocar el ultimo adoquín descolorido y poner un pie sobre la cima.

Me arrodille sobre el cemento calcinante. Con una de mis manos me apoye, a su vez, sobre el tacto del extraño cemento: El  dolor profirió considerablemente, de forma abrupta, como si hubiera esperado ese momento con exactitud para proliferarse en mis huesos. A pos de eso, la presencia del enorme sol perpetraba una eminencia mortal y azarosa, bordeada por su aureola cegadora, como una vislumbre tajante que podría atravesar la piel, con sus múltiples rayos de luz.

Las gotas de sudor formaban una película en mi frente, surcando en una sola línea hasta llegar a la punta de mi nariz, cayendo finalmente; mi estómago bajaba y subía a un ritmo pronunciado, en un esfuerzo por conseguir aire en mis pulmones. Intente ponerme de pie, acoplando mis pocas energías en ambas piernas, con la ayuda de las hondas invisibles de la brisa.

Ya erguido, concrete mi atención en la pronunciada depresión que había sufrido la enorme estructura, hundida de una forma antinatural, como si una fuerza desconocida la hubiera empujado hacia abajo, enterrándola por uno de sus extremos. Di unos pasos hacia el otro borde de la pared, teniendo cuidado en poder resbalar entre la estructura deforme, y, a pocos centímetros de una horripilante caída, pude ver como el otro extremo estaba ceñido por un enorme cráter. Partía casi por la mitad al enorme pilar, y con eso, se confluía armoniosamente con las entrañas de la tierra, en un método enfermizo, que producía un vértigo mortal. Allí, los asquerosos zumbidos hacían múltiples ecos entre los cimientos de la maltrecha estructura. No podía ver muy adentro del cráter, pero si llegue a concebir que dentro del mismo, algo se estaba formando, algo que despreciaba y no entendía al mismo tiempo, algo que me haría volverme loco si lo llegase a detallar con todo su esplendor.

Retrocedí nervioso, con la esperanza de nunca saber que era lo que estaba allá abajo. De nunca verlo.

Querían que subiera hasta el final del pilar…, quieren matarme.

Aunque no lo pude evitar, ya nada más importaba, y lo hice: observe más allá del pilar y los adoquines, contemple los llano vacuos en su máximo esplendor, y lo que me no me dejo de perseguir en mi psique, es que, más allá de donde había despertado y seguido mi camino, lo que había visto,  los múltiples girasoles lejanos y el enorme agujero, no había nada, solo había un vacío existencial entre toda la corteza del desierto, eso era lo que opacaba la existencia…

Grite, pero mi propio grito se escuchaba muy lejos de mí, muy alejado de lo que se supone era real…

La pesadilla, esta es la pesadilla.

Retrocedí constantemente, para no tener que observar esa oscuridad… ese vacío tormentoso y lunático, enfermizo, fuera de toda explicación: El Valle Inquietante.

Antes de que me diera cuenta, el tacto del pilar cedió por debajo de mí, había llegado al otro borde del pilar. Y caí.

Junto con la sensación de vértigo, –una sensación agradable, ciertamente acogedora, que pareció hacerse eterna-,  y el viento tironeando de mis ropas con manos invisibles, se interpuso un rumor fracturado, que se apodero de todo mi cuerpo. Sin embargo, no había dolor, solo una sensación de vértigo, vértigo e incomprensión absoluta, confluida con sangre oscurecida.

Una sombra azabache, -la sombra que ya había visto antes- se posó erguida frente a mí, proyectando una  mancha oscura y perpetua que se confundía con la penumbra del enorme pilar. La sombra se arrodillo frente a mi rostro. Era una mujer, una mujer con un reflejo oscuro en sus ojos (vacíos de luz) y sin vida, desorbitados; un cuello anormalmente largo sostenía la cabeza cubierta por una enorme maraña de pelos. De su boca, sin dientes, salían un pequeño grupo de avispas y parásitos. Quiero gritar, pero ya no podía.

Mi madre era alérgica a las Avispas…

Posteriormente,  una de sus manos se posa en mi cuello, lo sujeta con fuerza… y despierto.

***

La arena se ceñía a mi piel cubierta de sudor, conmigo en un estado de celeridad inusual. Estaba despierto, asustado, bajo la sombra perenne de un enorme girasol.

Recién me despertaba de una pesadilla, que inconfundiblemente se relacionaba con mi pasado, –el pasado de lo que pudo haber sido la humanidad-, pero que no reconocía a medida que el tiempo se prolongaba, al momento en que se me hacía irreconocible.

Tan solo tenía  el sentimiento vertiginoso y momentáneo de la pesadilla, y que había una mujer,… una mujer que no reconocía, pero que me resultaba nítidamente familiar, y que estaba vinculada con eso que solían llamar el Valle Inquietante.

Todo era así, desde hace mucho,… desde siempre.

Sabía, indudablemente, que era hora de continuar, de seguir adelante, con la leve esperanza de encontrar algo diferente dentro de este desierto, vació y sin vida; un páramo enfermizo,… sin humanidad.

Me erguí sobre mis pies descalzos, y volví a retomar el viaje, un viaje que empecé desde que desperté en las entrañas de la tierra, una travesía que inicie cubierto de cenizas.

Las cenizas de la humanidad.

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